Tazria I (5782-5783)
El SEÑOR habló a Moisés diciendo: “Habla a los hijos de Israel y diles que cuando una mujer conciba y dé a luz a un hijo varón, será considerada impura durante siete días; será impura como es impura en los días de su menstruación. Al octavo día será circuncidado el prepucio de su hijo, pero la mujer permanecerá treinta y tres días en la sangre de su purificación. No tocará ninguna cosa santa, ni vendrá al santuario hasta que se cumplan los días de su purificación.
Levítico 12:1-4 (RVA2015)

En la porción pasada vimos que el Señor inició dándonos instrucciones de pureza para mantenernos aptos y en estado optimo para seguir participando del altar.
No solo es el sacerdote el que tiene que conservar el estado de pureza sino también la mujer. Pero, ¿por qué parece que la mujer tiene más restricciones que el varón? ¿Por qué la mujer tiene mas "opresión patriarcal" por su biología?
No debemos entender que el Señor es más duro con la mujer. Sencillamente la está cuidando que su pureza se conserve. Una mujer que da a luz, no solo está débil físicamente para ir a la adoración, sino que su cuerpo al derramar sangre a causa de dar vida la mantiene ritualmente impura. Ella está en proceso de renovación. Una vez que pasa este proceso, ella puede presentarse al templo para presentar su ofrenda y de nuevo participar del altar. El proceso de purificarse de la sangre es inherente de la mujer y, este proceso nos enseña como pueblo: La mujer en su naturaleza es inevitable impurificarse: su menstruación o en el parto. Sin embargo ella pasa esos momentos y se purifica y de nuevo continua su participación con los santos.
Hay momentos en los cuales es inevitable llegar a impurificarse: escuchar una conversación poco decorosa, haber dicho una palabra sin saber su significado, una emoción descontrolada por la circunstancia, convivir con gente cuya vida es la impureza voluntaria, ... Es inevitable la impureza, pero no es normal. La mujer que ha concebido no deja su tarea en la silla del parto, sino que guarda los días, se purifica y lleva su ofrenda. Confiesa los pecados que pudo haber cometido y de nuevo se incorpora al servicio al Eterno.
Nosotros de igual forma, si en algo nos impurificamos debemos buscar purificar nuestro ser (espíritu y cuerpo), no dejar que la impureza nos cubra o se impregne en nosotros. Si ya alejamos el peso del pecado, alejemos la impureza (que es un factor que puede recrudecerse y llevanos a pecar). Y confesar aún el pecado cometido.
En Yeshúa/Jesús ya hemos sido purificados. Pero aún a Juan le dice el ángel que escriba a las congregaciones del Señor: "quien es impuro impurifíquese más,..., quien es santo, santifíquese más" (Apocalipsis 22:11). Es decir, este proceso debe continuar. La perfección radica en mantenernos constantes en la santidad y pureza y, si por algo se ve perturbada o manchada, correr rápidamente a remediarla en el Eterno y en los elementos que nos dio: el agua y el fuego.
Seguramente que hemos estado expuestos hoy y días atrás a impurezas de la gente: su vocabulario, su pensar, su actuar, su comer, su pesimismo, su falta de fe,... y en ocasiones esas cosas nos han manchado. No esperemos a que esas impurezas sean normales y las justifiquemos porque ya nos llenamos de ellas: limpiémonos de toda inmundicia y volvamos tan pronto como podamos a seguir sirviendo al Señor y a participar de su mesa. Mira en la Torah del Señor, en su instrucción para que identifiquemos todas las impurezas y nos apartemos de ellas o nos limpiemos de ellas. La impureza que no se limpia, de la cual uno no se aleja, se volverá un pecado empedernido difícil de dejar por más que se ame al Señor. Una persona que no limpia sus impurezas no puede servir al Señor y menos compartir del mensaje de las nuevas de salvación, pues ha perdido momentaneamente (o permanentemente según la persona siga en inmundicia) la autoridad de predicar ese mensaje.
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